“La ludopatía es una enfermedad que se puede detener pero no se puede curar”. Paco comienza a echar monedas en las tragaperras con 40 años. Hace 12 que su mujer le da el ultimátum: “o el juego o yo”. Hoy engrosa las cifras de personas en rehabilitación en entidades como Jugadores Anónimos, pero admite que morirá siendo jugador.

Aunque la ludopatía se pueda conocer comúnmente como una adicción patológica a los juegos de azar, para Paco, es una enfermedad mental incurable en la que “pierdes el control sobre tus gastos y tu vida”. Además, afirma que “no hay límite para un jugador compulsivo como yo”, pues pese a que lleva 12 años sin jugar, sabe que si comete el desliz y echa 20 céntimos en una tragaperras, tras esa moneda “irán muchas más detrás”. Una pesadilla que se frena cuando su familia recibe una carta de embargo de una empresa de apuestas.

A través de una carta, pero en este caso de un préstamo pedido al banco para invertirlo en el juego, se entera también la hija de otro afectado por esta enfermedad que prefiere no dar su nombre. “Le pillamos porque llegó una carta de que había pedido un préstamo y no nos había dicho nada”, recuerda.

La relación familiar, personal o social son algunos de los aspectos que más se ven afectados en la vida de un ludópata, según el centro de asistencia terapéutica de Barcelona. Esta entidad describe que la manera de detectar el comportamiento enfermo de un  jugador es al observar su preocupación excesiva por el juego y su necesidad de apostar grandes cantidades  para conseguir el estado de excitación deseado, así como irritabilidad y ansiedad. Tomar un café en un bar le costaba a Pedro, jugador en rehabilitación, entre 200 y 500 euros.

En un salón de juego, una persona enferma puede gastar hasta 1.000 euros, según relata Alejandro, gerente de uno de estos espacios en Madrid. Afirma que “la gente empieza jugándose poco, pero cada vez va a más y en vez de divertirse comienza a ponerse nervioso”. No obstante, para él “no todo el que juega es ludópata”, ya que se conocen multitud de personas que acuden a estos salones como forma de diversión y “apuestan algo cada semana de manera sistemática, sin ir a más”. Por ello, existe una gran mayoría que no sufre los problemas de un ludópata pero sí acude a estos lugares como “parte de su vida social”.

Al fin y al cabo, no todo el mundo que juega a estos juegos de azar es ludópata, pero las personas que sobrepasan el control sobre ellos mismos y terminan siéndolo sufren una enfermedad mental que produce una serie de problemas muy graves. Además, la situación económica puede llegar a ser preocupante. “Conocemos gente que ha llegado a vender su casa para seguir apostando”, resalta el gerente de la casa de apuestas, así como “hemos llegado a prestar una cantidad de 20.000 euros”.

Así, frente al concepto de ludopatía se debe analizar cada caso, pues el límite de cada uno podría variar según su personalidad o estilo de vida. Sin embargo, la gravedad de los casos más extremos es importante, y es  un problema que está más vigente que nunca, porque  “hace años se veía como algo extraño pero ahora es algo muy común”, y “apuesta mucha más gente que hace 10 años, sobre todo más jóvenes y mujeres”, según el gerente.

La juventud es cada vez más adicta al juego. FEJAR destaca e insiste en que el perfil del ludópata en España está cambiando rápidamente. Si hace unos años el perfil medio era de un hombre casado entre los 35 y 45 años, actualmente a las asociaciones de todo el país están llegando sobre todo casos de jóvenes entre 18 y 25 años, estudiantes o parados sin responsabilidades familiares. Es relevante también el aumento de consultas sobre menores de edad con relación con los juegos de azar y apuestas que pese a las prohibiciones y barreras consiguen jugar, apostar y en muchos casos sufrir los trastornos propios de la ludopatía.

Hoy en día, la visión de la ludopatía ha cambiado y ya no es algo extraño que se ve con malos ojos. Esa visión ha producido que los jóvenes vean los salones de juego como una mera forma de divertirse y pasar una tarde diferente con sus amigos. Este cambio supone que los jóvenes acudan mucho más a los salones de juego, pues lo ven como parte de su vida social sin tener que avergonzarse, no como años atrás.

Alejandro cuenta que “es muy común ver a grupos de jóvenes viendo partidos de fútbol y apostando en los salones de juego”, y apunta que son esas apuestas deportivas las que “han atraído a los jóvenes a introducirse en este mundo”. De este modo, queda reflejado un crecimiento evidente de la adicción al juego de azar por parte de los jóvenes, y hace que el problema de la ludopatía aumente.

Un problema que hace que gente como Pedro  tenga la necesidad de acudir a centros de ayuda. Cuando Pedro,  asistió a la primera sesión de Jugadores Anónimos no quería volver. “Para mí eran cosas que no tenían importancia, pero mi mujer las sacaba de quicio”. No era consciente de las consecuencias que le traería hasta que un día se dio cuenta de que nunca había ganado nada y estaba a punto de perder su casa y su familia. “Un café me costaba 300, 400, 500 euros, pensaba que estaba loco”. Pese a no reconocer que tenía un problema, hoy habla orgulloso de su rehabilitación: “Aprendí que hay que estar alerta, tardé siete meses en rendirme al juego”.

El juego afecta en primer lugar al enfermo pero también coge de lleno a su familia. María es la hija de un ex ludópata que se recuperó por sí mismo. Pero hasta ese momento lo habitual era que nunca tuviera dinero, pese a que sus ingresos fueran de 1500 euros para su madre y para él, “así que les solían cortar la luz y el agua”.

Para acabar con la afición de su padre, “le quitamos el control de las cuentas. Él puso de su parte. Fuimos a los lugares donde jugaba para que le prohibieran la entrada”, asegura. Alejandro, el dueño de un centro de apuestas, reconoce que ha tenido que prohibir la entrada a algún jugador: “Se lo explicamos de la mejor manera posible: por ti, por tu familia, por tu futuro… debes dejar de jugar”.

La culpabilidad que sentía Pedro se ve reflejada años después, pero nunca durante su juego. “Solo pensaba en jugar, en recuperar el dinero que había perdido. Cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, el sentimiento de culpa me duró años”, pero asegura que en Jugadores Anónimos le ayudaron porque “no es conveniente seguir fustigándose”.

La entidad Jugadores Anónimos también ha sido de gran ayuda para Paco, que define la ludopatía como ”la enfermedad escondida”, porque no se nota físicamente. “A un alcohólico se le nota, a un drogadicto también, pero a los ludópatas la enfermedad les va por dentro: “está en su cabeza, pierden el control de sus actos”. Estudios científicos comprueban que la enfermedad controla los impulsos del jugador, lo que podría provocar un comportamiento agresivo. María nota ese comportamiento en su entorno: “Mi padre estaba alterado, tenía mucho carácter, siempre estaba de mal humor”.

También Alejandro, el gerente del lugar de apuestas, comenta que “se ponen nerviosos cuando pierden, ya no se están divirtiendo, les ha superado”. Para él, el juego es un entretenimiento, “es una forma de divertirse. El juego es como el que tiene un vicio. Algunos gastan su dinero en ropa; otros, en apuestas”. Muy seguro de sí mismo, reitera que “no queremos que la gente que entre aquí se gaste todo su sueldo, solo queremos que una parte se la gaste aquí”, por una razón muy sencilla y más que estudiada: “si no se gasta el dinero aquí, se lo gastará en el lugar de en frente. Por puro egoísmo, pensando en el negocio, prefiero que se lo gaste aquí”.

Por esa pérdida de control, el apoyo de la familia es crucial. Paco, emocionado, confiesa que no esperaba la reacción de su familia. “La actitud de mi familia fue mucho más comprensiva de lo que pude esperar”. Asimismo, Pedro no llegó a perder su trabajo porque su jefe comprendió lo que le estaba pasando y le dijo que si le había puesto solución no se preocupara, su actitud le dio fuerza para continuar.

Todos estos problemas surgen a raíz de la atracción de los jugadores hacia los salones de juego. Estos centros tienen como fin ganar dinero, y para ello los propietarios acondicionan los locales, de manera que los jugadores pierden la noción del tiempo. “Apenas saben la hora del día que es, así como tampoco son conscientes de si llueve, hace frío o sale el sol”, afirma Alejandro, y a su vez comenta que “aquí lo importante es la pasta que se dejan”. Por ello se crea un ambiente tan sutil como embaucador, aunque “libre en su elección”.

Ningún jugador cree estar enfermo de la ludopatía, ni casi nunca lo reconoce. Al principio, entran como el que va a divertirse haciendo algo nuevo, pero por lo desconocido que resulta, esconde ser un gran peligro. Es cada vez más temprana la edad de inicio de esta enfermedad, y es indiferente si es hombre o mujer.

Este peligro es como una bomba de relojería articulada y con la mecha encendida desde el momento en el que por primera vez, atraviesa la puerta de entrada del salón de juego, donde según el dueño del salón que asegura que “O te controlas y sabes a lo que vas, o te conviertes en un ludópata, al gastar más de lo que puedes y tienes, perdiendo los nervios y dejando la diversión de lado”. Declara también que “el jugador prefiere pasar desapercibido y que nadie sepa la cantidad que gasta y en qué tipo de juego se lo gasta”.

Es mucho mayor el vicio de jugar que la posibilidad de perder un trabajo, una propiedad e incluso relaciones personales. “Tenemos un cuaderno  para controlar las deudas de cada jugador”, pero sí es cierto que “aunque dejásemos mucho dinero, lo acabaríamos recuperando”. Además, “el problema también viene cuando el jugador le pide dinero a la gente de su entorno”, admite Alejandro. María, la hija del ludópata anónimo, recuerda “mi padre me pedía dinero para pagar la luz, y yo no me podía negar”.

Alejandro asegura que “el ludópata se convierte en avaricioso porque no para cuando va ganando, no es nunca suficiente lo ganado y recurre al robo”. De esta manera se convierte en un ladrón de dinero y objetos que, según el dueño del local, “venden para conseguir dinero y seguir jugando”.

No todo son aspectos negativos, Alejandro habla del caso de una mujer que entró en el local y le dio un ultimátum a su marido para que eligiera entre el juego o ella. Al cabo del tiempo, la mujer pagó al propietario las deudas que su marido tenía con él y consiguió que éste dejara de jugar.

De esta manera,  la fase del reconocimiento de la enfermedad se traduce en la parte más costosa para los jugadores compulsivos. En la mayoría de ocasiones no son ellos por sí solos los que se dan cuenta de que de verdad tienen un problema y que no se les va a solucionar, sino que acuden a un especialista que esté bien preparado para tratar todo tipo de casos.  

A la hora de dar el paso y contactar con un centro de ayuda, los protagonistas reconocen que no fue por su voluntad, sino que también fueron sus familiares, especialmente sus mujeres quienes les hicieron abrir los ojos. En el caso de los ex ludópatas, reconocían que “nosotros sí sabíamos que teníamos una enfermedad pero no asimilábamos la necesidad de buscar ayuda externa, como es el caso de Jugadores Anónimos”. Por ende, hasta que no se ven en una situación de extrema gravedad, con casas embargadas, muchas deudas pendientes, no tienen conocimiento de la necesidad de acudir a un especialista. En estos casos, ninguno de los dos piensa en las consecuencias que puede tener su adicción al juego, y es cuando sus mujeres se percatan de la situación por cartas que vienen del juzgado. En ese momento, comentan que “recibimos un ultimátum”, de alguna manera son conscientes de que la necesidad de recibir ayuda era esencial para recuperar ya no el dinero, si no la familia que están a punto de perder.

En el caso del testimonio de María, cuenta que su padre es descubierto cuando recibe una carta de Cofidis, una empresa que presta dinero, que ellas mismas abren y donde marca que su padre ha pedido un préstamo para poder pagar todas las deudas que tiene, a parte de un préstamo personal y otro que ha pedido al banco.

Justo en el momento que llega esta carta, María asegura que “mi hermana cogió la cartilla de mi padre y se fue al banco, allí comprobó que la cuenta estaba a cero y que por todos los préstamos que había pedido, era él quien debía dinero al banco”. Para llegar al fondo de la cuestión, se dirige al dueño de varios locales de juego de su zona y comprueba que a este también le debe dinero. Incluso a María le pide dinero y esta declara que “pensaba que era para otra cosa, él me decía que se lo diese y que por favor mi madre no se enterase. Hasta que me di cuenta del uso que él hacía del dinero”.

De esta manera, deciden quitarle la cartilla. “Nadie en casa se había dado cuenta de que mi padre era ludópata, solo observábamos que nunca tenía dinero y solo un tercio de su nómina era destinada a las necesidades de la casa” atestigua María. Cuando todo esto sale a la luz, el ludópata puso de su parte para curarse, pero el problema que se observa es que él al gastar dinero que no tiene, recauda muchas deudas. María recuerda que “no acudió a tratamiento ni a asociaciones que le prestasen ayuda, lo hizo él solo”. Se queda más tiempo en casa y es su familia quién se encarga de no dejarle solo mucho tiempo, además de que empieza a hacer viajes.

La hija del ludópata expresa que quizás la adicción al juego y su conversión en ludópata es fruto de todo el tiempo libre que tiene este hombre, ya prejubilado y con una pensión que va a invertir solo en él y su mujer, supuestamente. También hace referencia a la posibilidad que tiene un ludópata de salir, que no es imposible.

Por consiguiente, el coordinador del salón de juegos, en su labor de proporcionar comodidad a sus clientes,  asegura que “en alguna ocasión he tenido que lidiar con ludópatas que perdían el control sobre sí mismos”. Su papel ante esta situación tan incómoda es hacerles ver que tienen un problema, un problema que solo con ayuda de especialistas y alejándose del establecimiento y de ese entorno, van a poder superar y solucionar y no arriesgarse a tener problemas con los familiares ni con la gente a la que ya en muchos casos deben dinero. Todo esto, comenta que “tentando a que la persona que es invitada a salir de mi establecimiento, una vez fuera se va al salón más próximo”. Por esto, es en muy pocas ocasiones, solo en las extremas, donde los dueños de los salones de juego invitan a salir a sus clientes, ya que por el hecho de hacerlo están a expensas de perderlo y por ende no evitar que siga jugando, que es de verdad la intención del dueño cuando echa a los ludópatas del local.

El aumento del juego online. Una reciente noticia informa de que el juego online se ha convertido en la segunda causa de ludopatía en cuanto a tratamiento de pacientes se refiere. Por delante solo tiene a las clásicas máquinas tragaperras. Es también muy preocupante el hecho de que gran parte de los adictos que acuden a consulta son jóvenes que oscilan sobre los 20 años. En concreto, el ludópata online medio se sitúa entre los 18 y 25 años y es un varón con estudios universitarios. Además, según la noticia, han tardado entre 1,5 y 2 años en desarrollar la ludopatía. Esto puede parecer mucho tiempo pero no lo es si se contrasta con los datos que indican que el período de latencia de la ludopatía con juego tradicional es de entre 6 y 8 años. Muchos de los afectados por esta ludopatía no la hubieran desarrollado de no haber accedido al juego online. Aquí no hay que desplazarse al casino. Uno puede jugar al póker desde el sofá de su casa y, al igual que con las máquinas tragaperras, el jugador recibe estímulos inmediatos como son aquellos que le indican al instante si ha ganado o si ha perdido la partida. Por otro lado, puede acceder a estos juegos cuando quiera, ya que puede hacerlo a través del smartphone desde allí donde se encuentre. Este tipo de juegos se basan, como las tragaperras, en la estrategia del refuerzo intermitente. Es decir, el refuerzo del comportamiento (el estímulo para seguir manteniéndolo en el tiempo) se produce de modo ocasional.

Desde que se regula en junio de 2012, el juego online no ha dejado de aumentar en España hasta el punto que sólo las tragaperras le hacen sombra a la hora de crear nuevos ludópatas. Cada vez se apuesta más dinero, cada vez juega más gente y cada vez las casas de apuestas gastan más en publicidad. En junio de 2012 -primer mes con datos disponibles- se apuestan casi 272 millones en Internet. En marzo de este año son casi 924 los millones apostados en esta plataforma. También han aumentado exponencialmente los jugadores activos: 2015 acabó con 3.3 millones de jugadores. 2015 finaliza con casi 4,9 de apostadores activos en la red.

Contando con el testimonio de Santiago González Amar, psicólogo de la clínica Cita (Centro de Investigación y Tratamiento de Adicciones), es clara la necesidad de que la fase de reconocimiento se lleve a cabo, ya que marca el inicio de la recuperación. Es decir, que el reconocimiento es imprescindible para poder recibir ayuda de expertos, ya que solo cuando el enfermo reconoce que padece la enfermedad de ludopatía, es ahí cuando se inicia el tratamiento para su recuperación. En la experiencia de este centro, el psicólogo declara que “la aparición de demanda de ayuda por parte de un ludópata aparece cuando éste siente gran malestar por ser consciente de la enfermedad que tiene”.

Este gran malestar afecta a Paco y Pedro, que dan su testimonio tras su paso por  la asociación Jugadores Anónimos, evidenciando que los grupos de apoyo pueden ser de gran ayuda para las personas enfermas de ludopatía. Aquí conocen a gente con su mismo problema y les dan la opción de hablar y tratarse. Pedro  cuenta que en esta asociación en concreto, las reuniones tratan aspectos muy diversos de la adicción y sus consecuencias. Los encuentros consisten en un programa de doce pasos de recuperación. En cada reunión se trata uno de los pasos, exponiendo cada miembro su experiencia personal  en relación a un tema concreto. Los problemas serios también afloran, pero es muy importante atenerse al tema tratado en el paso que corresponde.

Jugadores Anónimos no es una asociación que cuente con especialistas. Su labor terapéutica se basa en la ayuda entre compañeros, la ayuda mutua que brinda la oportunidad de compartir historias e intercambiar opiniones, haciendo que la persona no se sienta aislada sino parte de un colectivo. No obstante, la asociación cuenta con personas que guían estas reuniones con el fin de moderar las intervenciones y llegar a conclusiones que permitan el avance. Para algunas personas esta ayuda es decisiva: “Jugadores Anónimos ha cambiado mi vida, he recuperando a mi mujer y me ha hecho ver que se es más feliz estando aislado del juego” expresa Paco tras un largo recorrido.

Este cambio de vida y la recuperación de la ludopatía requiere, no solo de la participación en grupos de apoyo, sino también de la intervención de un especialista en psicología o psiquiatría. Esto es debido al deterioro que se produce en la salud del enfermo y el efecto que tiene en su entorno familiar y social. El juego compulsivo obedece a una necesidad constante que está fuera del control del individuo y la presión que le genera tiene un reflejo negativo en su salud.  En palabras del psiquiatra Luis Madrid “ varios estudios retrospectivos han analizado que el ludópata tiene altos niveles de cortisol, lo cual se asocia con la depresión, la compulsividad y la toma de sustancias”.  

La figura del especialista en psiquiatría es muy importante también en las fases iniciales, es decir, cuando el enfermo no tiene consciencia de su enfermedad y no pide ayuda. En este caso, se debe hacer una intervención familiar. Los familiares deben ir a terapia y serán los especialistas los que faciliten los instrumentos para que el individuo afectado reciba tratamiento.

Personas atormentadas, contradictorias, de talante impetuoso y acosadas por una presión que les sume en la desesperación. Así ve la sociedad a aquellos que muestran algo más que pasión por el juego. Así describió Dostoievski a los personajes de El Jugador en el siglo XIX, una imagen que no ha variado, que los testimonios de las personas entrevistadas han reflejado . Una imagen que llena cada día miles de salones de juego, que rompe familias. “He sido jugador y sé que moriré siendo jugador”.

 

 
Alba Moreno
Tengo claro que hay que ir más allá de los límites, que la vida no da segundas oportunidades y que somos juguetes del destino. Soñadora, melómana, enamorada de la literatura y de Jane Austen y, como tal, romántica. Estudio Periodismo y Ciencia Política en la URJC de Madrid y escribo cuando nadie me ve.

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